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Cinco días de "tiandad"; cuatro Grunbergs y un Goshen en Isle Royale

henrygru0

Updated: Apr 9, 2021


En las alturas de Isle Royale con mi hermano y mis queridos sobrinos

El lago Superior, el mas grande de los grandes lagos, no solo es inmenso; es inmenso, frio y profundo. Los cinco -Superior, Michigan, Huron, Erie y Ontario- son toda el agua que uno puede imaginarse y un poco mas, azul infinito, son mares con corrientes y olas, con islas, faros, penínsulas, tormentas y naufragios. Juntos, los cinco lagos, suman el 20% del agua dulce del planeta. Tan grandes son, que si el agua que contienen se distribuyera de manera uniforme alcanzaría para sumergir a todos los Estados Unidos, a todo el pais, bajo tres metros de agua. El lago Superior, el mas septentrional, no es solo el mas grande de los cinco sino también - tiene dos veces el tamaño de Suiza- el mas grande del mundo.

Al norte del lago, en una esquina muy cerca de la frontera con Canadá, queda Isle Royale; una isla tímida, una pincelada apurada que dejo la ultima era glacial. Isle Royale es un secreto, un mundo olvidado, el recuerdo de lo que eran los lagos y sus islas antes de que los transformara la curiosidad y el hambre de los primeros colonos, antes de que Lewis y Clark se animaran a aventurarse al oeste, la memoria de lo que fue el paisaje antes de que las carreteras, los ferrocarriles, los puentes y las ciudades cambiaran para siempre el rostro del Midwest. En Isle Royale, el parque nacional menos visitado de los 48 estados contiguos, se detuvo el tiempo; en la isla no hay carros ni carreteras, no hay pueblos ni residentes, no hay grupos grandes -ni medianos- de turistas, no hay -aunque parezca imposible- señal de celular. Isle Royale tiene menos visitantes en un ano de los que tiene Yosemite en un día. Allí, al puesto de guardaparques de Windigo en el extremo occidental de la Isla, llegamos una nublada tarde de agosto a bordo de un viejo hidroplano, mi hermano, mis tres sobrinos y yo. Cuatro Grunbergs y un Goshen, todos frescos y sonrientes, con nuestras mochilas pesadas, nuestras carpas recién compradas y la ropa limpia, listos para explorar la isla, para hacer una pausa -una verdadera pausa- y pasar cinco días entre pinos, helechos y abedules espiando alces, comiendo frambuesas silvestres, riéndonos de chistes que solo nosotros entendemos, listos para caminar un poco mas de treinta millas con nuestros enseres a cuestas, confiados de nuestras pantorrillas, orgullosos de nuestras rodillas, listos para celebrar el azar de haber nacido familia y nuestras ganas de seguir siéndolo. Impaciente yo de darme el lujo de tenerlos cinco días para mi solo, cinco días de ser tío, cinco días de maravillosa "tiandad".


Hace años, treinta tal vez, leí en alguna revista una nota sobre la extraña convivencia de lobos y alces en una isla en medio de un lago; alces y lobos que hacia muchas décadas habían cruzado desde tierra firme caminando sobre el hielo. Hablaba el artículo sobre la perseverancia de un puñado de científicos que, haciéndole caso omiso al frio, pasaban temporadas enteras de invierno (ininterrumpidamente desde 1957) anotando con paciencia en sus cuadernos los habitos de los animales, los vaivenes de la naturaleza, la secreta y delicada danza de los lobos y alces, el precario equilibrio de Isle Royale. Quedo grabada de inmediato en mi cabeza la idea de ir un día, de visitar la isla, de pasear por sus lagos interiores, de recorrer las montañas y los bosques que aparecian en aquellas fotos. Hace unos meses, como ocurre a veces, de repente y sin ninguna razón en particular, llegó el momento. Llame una noche a mis tres sobrinos, Arie (25), Meyer (20) y Nadav (31), y a mi hermano, les conte brevemente de la existencia de la isla y les di los vuelos que debiamos tomar. El 11 de agosto quedo agendada la cita en Chicago.


Llegar a Isle Royale no es sencillo: "es uno de los lugares mas remotos, lo mas parecido a Alaska fuera de Alaska" me dijo por teléfono Jon Rector, el dueño de la compañía de hidroplanos, desde su casa en Florida a mediados de diciembre cuando llame a reservar. A la isla se le puede llegar por barco desde Grand Portage en la costa de Minnesota o por barco o hidroplano desde Hancock/Houghton en el Upper Peninsula de Michigan. Para llegar a cualquiera de las dos ciudades hay que tomar por lo menos dos vuelos. Nosotros decidimos hacer el ultimo segmento en hidroplano para ahorrar tiempo (el viaje en bote puede durar hasta 5 horas y media) y para disfrutar de la vista. Royal Seaplanes es una linea de un solo avión (construido en 1974) que en verano vuela 8 o 10 veces al día de Houghton a la isla. Jon es el dueño y uno de los dos pilotos, su esposa la gerente de operaciones.


Arie y yo llegamos a Chicago en el primer vuelo de Newark y nos encontramos en el aeropuerto con el resto de la familia que había viajado de Miami la noche antes. La pantalla de United titilaba anunciando que nuestro vuelo al Upper Peninsula tenia un retraso de tres horas. No sospechábamos en ese momento que el viaje a Hancock, que normalmente toma 50 minutos, nos tomaría seis horas. Despegamos de Chicago en un vuelo totalmente lleno. Todo iba bien hasta que comenzando el descenso el piloto nos advirtió que el aeropuerto, que no tiene torre de control, estaba cubierto de nubes. Nosotros, y el resto de los pasajeros, asomados por las ventanas, arropados por una cortina blanca, no había ni siquiera un resquicio, un pequeño agujero en las nubes por donde ver un árbol, una vaca, un pedacito de tierra. Segundos antes de aterrizar, con las ruedas afuera y el avión en total silencio, el piloto decidió abortar el aterrizaje y ascender apurado. "Lo siento mucho" escuchamos atentos al rato, "las condiciones meteorológicas son muy malas y la gasolina que tenemos nos impide intentar de nuevo, tenemos que volar a Central Wisconsin". "Central Wisconsin" repetíamos mientras buscábamos la revista de United para ubicar el aeropuerto en el mapa. Cuarenta minutos mas tarde aterrizamos en medio de campos de maíz y nos bajamos en el pequeño aeropuerto de Central Wisconsin que aun no habíamos encontrado en el mapa. La mayoría de los pasajeros, los del Midwest, estaban de muy buen humor, sonrientes, comprensivos, acostumbrados a los caprichos de las nubes y al mal tiempo. El terminal donde estamos está vacío, ya no hay mas vuelos. En medio de la sala hay una vitrina con las principales atracciones de la ciudad, hay una foto -no sabemos bien por que- de una familia de coneheads. "Todos a bordo, me acaban de avisar que se despejo el aeropuerto" nos dice el capitan y nos montamos de nuevo en el avion que nos llevaria finalmente a Hancock. "Seran solo 28 minutos de vuelo" nos dicen desde la cabina mientras ascendemos en medio del cielo azul. Cuarenta y ocho minutos mas tarde nos dice el piloto que intentara aterrizar pero que las nubes han vuelto a cubrir la pista. Comienza el descenso, el avion dentro de una yogurtera, puro blanco y mas blanco. Salen las ruedas otra vez y el avion sigue descendiendo. Afuera no hay nada de visibilidad. Cuando estamos a segundos de aterrizar el piloto aborta la maniobra, acelera los motores y sube casi verticalmente. "Lo siento mucho" nos dicen de la cabina, "las nubes y la poca gasolina que tenemos nos obligan a volver a Central Wisconsin". Los pasajeros, la mayoria del Midwest, siguen sonrientes, comprensivos, felices. Cincuenta minutos despues (que debieron ser 28) aterrizamos en Central Wisconsin. Bajamos al aeropuerto y nos reciben los mismos dos empleados, nos advierten que no podemos salir del pequeno terminal. A la media hora aparece el piloto y nos dice que se despejo Hancock, que tenemos 99.99% de posibilidad de aterrizar y, por supuesto, que el vuelo solo durará 28 minutos. Todos al avión, nosotros con ganas de quejarnos con United, los demas pasajeros, los del Midwest, felices, contando historias de tormentas y granizo, de aterrizajes complicados y de nevadas a comienzos de septiembre. Todos a nuestros puestos, a Arie -el de mejor olfato- le toca justo al lado del bano, despegamos de nuevo. Cincuenta minutos mas tarde comienza el descenso. Afuera todo blanco y espeso, la gente sonrie fingiendo que no pasa nada, el avión continua bajando y nosotros asomados frunciendo la frente tratando de encontrar el huequito en el cielo por el que pasara el avión. Salen las ruedas, la gente sonrie anorando Central Wisconsin, el avión sigue bajando, las nubes igual de cerradas, nos seguimos acercando hasta que de repente -cinco segundos antes de llegar- aparece la pista y aterrizamos. Los pasajeros, los de Nueva York, los de Miami y los del Midwest, aplaudimos emocionados como cuando se aterriza en Caracas.


Como era de esperarse, nuestro vuelo en hidroplano a la isla había sido cancelado, así que no tuvimos otra opción sino quedarnos a dormir en la pequeña ciudad para salir al día siguiente. Nos recomiendan un modesto hotel al que bautizamos Ramadan Inn por el hambre que tenemos y nos dan el nombre de una compañía de taxi que nos cobra como si hubiéramos tomado un Uber en Manhattan en medio de una tormenta de nieve un 31 de diciembre a las 11.59 de la noche. Solo queda una habitación en el hotel así que nos acomodamos los cinco en tres camas, dejamos la mochilas y bajamos a comer. El bar del hotel esta lleno, somos los únicos que no tenemos tattoos, que no odiamos al gobierno federal, que creemos ingenuamente que Obama nació en Hawaii, somos cinco Jewish-Hispanics rodeados de Second Amendment people. Comimos y tomamos contentos, había comenzado nuestro viaje.


Houghton/Hancock

En el hotel preparandonos

Hancock/Houghton son dos ciudades siamesas unidas a la altura del estomago por un puente fotogénico que va sobre la bahía de Keweenaw.Fundadas a mediados del siglo XIX, la principal actividad económica de la región fue por muchos anos la minería del cobre. Hoy, dos universidades (Michigan Tech y Finlandia University, si Finlandia!) y algo de turismo, son la fuente de trabajo de los locales que, incluyendo las areas vecinas de la peninsula, suman unas veinte mil personas. Nos tomamos la mañana para pasear por la calle principal visitando tiendas y tomando cerveza artesanal. "Tengan cuidado con las gaviotas" nos advierte la mesonera de la cervecería cuando salimos a la terraza, no nos quiere vender maní porque dice que, como en la película de Hitchcock, una parvada de miles de pájaros nos va a atacar. Saque unos quesos que traje de Nueva York (Arie felicita a Henry por la idea) y a libar. Varias rondas mas tarde salimos apurados a almorzar (tacos de pescado de lago) y de allí al aeropuerto para tomar el vuelo a la isla.


Mis tres sobrinos (el cuarto no es)

Downtown Houghton

Isle Royale jamás ha tenido asentamientos humanos permanentes. Paradójicamente, la pobreza de la isla ha sido su mayor riqueza. La ausencia de especies valiosas de madera como el pino blanco, el suelo pobre para la agricultura, la poca calidad de los yacimientos de cobre, las pequeñas poblaciones de mink y castores, la escasez de recursos naturales y lo remoto de su ubicación la protegieron del desarrollo descontrolado. Los primeros que la visitaron, en pequeños números y esporádicamente, fueron indios de tribus locales en busca de cobre. Comenzando en el siglo XIX algunos pescadores -de Suecia y Noruega en su mayoría- ocuparon la costa. Al mismo tiempo, algunas minas y compañías madereras construyeron campamentos, precarios todos, que nunca llegaron a prosperar. Isle Royale, como lo delata su nombre, fue arrebatada muy temprano a Canadá en un descuido. Unas décadas mas tarde fue cedida por Ohio a Michigan como parte del acuerdo que dio fin a la Guerra de Toledo. Detroit, de quien dependía y sigue dependiendo políticamente, fue siempre una referencia lejana, una metrópoli ausente. Alrededor de 1860 la isla fue redescubierta como un lugar de veraneo. Se construyeron algunos hoteles y casas donde visitantes de alta clase social iban a pasar temporadas de vacaciones. Es entonces cuando nace la idea de convertirla en parque nacional. El cabildeo incesante de algunos de quienes la visitaban, temerosos de su destrucción (en 1936 un incendio aparentemente provocado por la compañía maderera ardió por tres meses y consumió un quinto de los bosques de la isla), logra que el Congreso designara la isla como Parque Nacional. En la primavera de 1940 abre por primera vez al publico. Los pocos habitantes que quedaban en la isla, en su mayoría pescadores, recibieron autorización para seguir utilizando sus casas y cobertizos por el resto de sus vidas. El ultimo de ellos falleció en 1984.


El joven Tomas, el simpático piloto de nuestro modesto hidroplano, nos da los salvavidas y se monta al avion.Tomas, que habla español porque su mama es peruana, nos explica que serán unos treinta minutos de vuelo. Tenemos que dividirnos en dos grupos porque no caben mas de tres pasajeros en el avion. A los pocos minutos estamos rodeados de azul, del inmenso azul del Lago Superior. Desde los dos mil quinientos pies y hasta donde alcanza la vista solo se ve agua. El vuelo es una especie de rito iniciático, la perfecta transición de la "civilización" a la "naturaleza", la única manera -perfecta en realidad- de cruzar el umbral que separa a la isla del resto del mundo. Pasamos la mayor parte del vuelo en silencio admirando el paisaje, nos emocionamos cuando vemos el perfil de la isla en el horizonte. Allí esta, verde, alargada, cubierta por un manto de pinos despeinados, asoleándose distraída a un costado de Canadá. Tomas hace algunas maniobras para que veamos la proa de un viejo barco hundido (uno de decenas que naufragaron alrededor de la isla), nos muestra el viejo faro que protegia la entrada de la bahia y comienza a descender para amarizar (que supongo asi se dice aunque se trate de un lago).Saltamos al muelle, "Adios" nos dice en buen castellano, y lo vemos despegar en busca de mi hermano y el resto de los sobrinos.Arie y yo nos quedamos contemplando maravillados el agua y el cielo, el verde y el azul, la calma de esta isla a la que nunca llego el apuro.Windigo, donde comienza nuestra aventura, es la mas pequena de las dos estaciones de guardaparques que tiene la isla.Isle Royale es el parque nacional menos visitado de los Estados Unidos.El poco volumen de visitantes y su aislamiento la han protegido de especies invasivas y de enfermedades que han acabado con la flora y la fauna en otros lugares.Algunos de sus cincuenta lagos internos, separados del Lago Superior hace miles de anos, aun mantienen subespecies que son endemicas de la isla. En Isle Royale los murcielagos no tienen el sindrome de la nariz blanca, los alces no mueren infestados degarrapatas de invierno, no hay rastros tampoco de Lyme disease.No muy lejos del muelle encontramos el puesto de guardaparques en el que debemos registrarnos.Hay que pagar 4 dólares al día por persona, darles nuestra ruta detallada y escuchar una charla que parece un capitulo de Plaza Sésamo sobre las reglas que hay que seguir en la isla. Cuidado con el "little litter" nos advierte la joven guardabosque, todo lo que traen debe volver con ustedes, no hagan ruido despues de las diez de la noche, sean considerados con los demas excursionistas.Estamos comprometidos con la causa.


Arie y yo escogemos el lugar donde acamparemos y volvemos a esperar al resto del grupo. Vemos el avión a lo lejos. "Adiós" les dice Tomas, aun en mejor castellano porque hoy ha podido practicarlo; Henry, Meyer y Nadav en el muelle como nosotros hace una hora, disfrutando del paisaje, hipnotizados con la vista desde este lado del umbral.


Aun cuando ninguno de nosotros es un experto en camping y la preparación del viaje fue algo improvisada, logramos montar las dos carpas y estamos listos para la primera cena. Meyer anuncia que preparara un Tuna Flambe, un sofisticado platillo que aprendió en el ejercito en Israel y que consiste en prenderle fuego a una servilleta que se coloca sobre una lata de atún abierta. Todos lo miramos atentos -y hambrientos-, algo escépticos confieso, mientras enciende la servilleta llena de aceite. Al rato se confirman nuestras dudas, el Tuna Flambe no es un éxito. Arie le pregunta a su hermano si es la primera vez que lo prepara. Meyer, frustrado como un chef que ha perdido una estrella Michelin, no esta muy contento con la pregunta. Por suerte tenemos Beef Jerky, Gu energy gel en los mas horrendos sabores, marshmallows, huevo deshidratado, salchichón kasher curado con textura de styrofoam y otras delicateses.


Gourmet Dining

Nos despertamos arrullados por la lluvia, un verdadero aguacero.Hemos decidido hacer la ruta de Feltmann, un circuito que comienza y termina en Windigo y que recorre todo el extremo suroccidental de la isla.En total son algo mas de treinta millas en tres días de caminata.El primer dia es el mas corto, son un poco menos de diez millas hasta Feltmann Lake, un lago interno en cuyas orillas acamparemos.Esperamos a que escampe y salimos a caminar.El primer tramo del camino es al borde del lago por un estrecho sendero rodeado de pinos y musgo, de arbustos con miles de frutillas de colores, es un paisaje espectacular.Vamos con mucho peso, entre otras razones, porque nos hemos abastecido de agua potable en Windigo.Si bien hay agua por doquier, la recomendación es filtrarla antes de tomarla por el riesgo de contraer parásitos que se encuentran en las heces de los Alces, "tape worms" que leemos pueden aparecer -pesadilla de los hipocondriacos- decadas despues en forma de quistes en el cerebro y otros organos.Nosotros vamos equipados con varios filtros y cargados con muchos litros de agua segura que recogimos en Windigo.


Como ocurre siempre en estos viajes, uno va hablando boberías en el camino, contando chistes, inventando historias.A los pocos kilómetros de caminata ya hemos reconstruido la vida de Mordejai Feltmann, el personaje ficticio en cuyo nombre imaginamos se bautizo el circuito que escogimos recorrer. Como no hemos podido averiguar nada de el en internet no nos queda más remedio que inventar:Mordejai fue un joven Lubavitch que decidio hacer proselitismo donde ningun otro Lubavitch había llegado, su pasion lo llevo de Vilnus a los bosques del norte, a las orillas de Isle Royale por alla por los años cuarenta cuando aun quedaban pescadores escandinavos y no se habia fundado todavia el Estado de Israel.Al poco tiempo de llegar, Mordejai desaparecio inexplicablemente.Su mama (de 112 anos) aun lo espera en Brooklyn con un plato de gefilte fish recien hecho.Desde entonces, se han recogido testimonios de excursionistas que dicen haberlo visto a lo lejos con una barba larga y blanca cargando un lulav en una mano y un etrog bajo el brazo, otros cuentan haber escuchado un shofar en las noches de luna llena, algunos hablan de una alcancía de Keren Kayemet enterrada bajo un árbol con tesoros indescriptibles.El caso es que el espíritu de Feltmann no acompaño durante todo el viaje, nos entretuvo imaginarlo, jugar a que nos perseguía, a que nos tropezariamos con él a la vuelta del próximo arbol.


El primer dia fue mojado, muy mojado.Después de una hora de caminata comenzó a llover torrencialmente de nuevo y no escampó hasta que llegamos al campamento.A medio camino decidimos hacer una pausa, a Henry se le ocurrio que podiamos hacer una casita con la lona que compramos, que mis sobrinos podian ingeniarselas para construir rápidamente un refugio mientras el y yo nos cubriamos de la lluvia.Nos equivocamos, mis sobrinos no tienen ese talento.Nos rendimos luego de muchas risas y varios intentos, de varios diseños fallidos (el de dos aguas de Nadav, entre otros), todos los esfuerzos terminaron en una telaraña de cuerdas mal amarradas, la lona apurrunada, todos empapados.Mejor seguir caminando.


En el sendero de arboles maravillosos y helechos prehistóricos encontramos los restos de un alce, las vértebras blancas, la cabeza y, a un lado, la cornamenta inmensa y pesada, algo marron todavía, húmeda por supuesto.Aunque seguramente fue una simple gripe o la vejez la que mató al pobre alce, preferimos imaginarnos que fueron los lobos, los pocos lobos que quedan, quienes acabaron con él.Ese día descubrimos que las botas impermeables no son impermeables, que la ropa de excursión se seca rapido solamente si estas en el desierto, que el beef jerky sabe a gloria y que el atún y los gus no tanto.Llegamos al campamento al final del dia, dejamos caer las mochilas pesadas, armamos la tienda de campaña, colgamos las hamacas y me fui a nadar en el lago Feltmann, un lago interno donde hay buena pesca, abundan los alces, y viven felices las sanguijuelas.A pesar de que hay unas quince especies de sanguijuelas en Isle Royale, y que nos advirtieron que son osadas e implacables, me lance al agua fría a nadar confiado de que a mi esos bichos de la edad media no se me pegarian.Fuera del agua despues del chapuzon (o "champuzon", como creía mi sobrino Arie que se decía) descubri una docena de pequeñas sanguijuelas haciendo fiesta entre los dedos de mis pies.Una a una fui sacandolas con la paciencia de un médico del medioevo, horrorizados mis sobrinos y mi hermano prefirieron no banarse.De Miami habia traido Henry una caña de pescar que para ese momento, luego de tres aviones y una larga caminata, estaba toda enredada.Por suerte, no lejos de nosotros acampaba Eric, un amable minesotano que desenredo el carrete y nos enseñó a usar la cana.En mi segundo intento siento un jalon y veo -incredulos todos- un pez que ha mordido la carnada.Ya tenemos la cena, un lucio de buen tamano (Northern Pike) que mi hermano limpia con destreza y cocina a la perfeccion en un papel aluminio alinado con sopa israeli deshidratada.Al rato nuestro vecino, no Eric sino el de el otro lado, un senor de barba blanca que bautizamos Moosedejai, viene a avisarnos que hay un Alce al borde del agua.Corremos emocionados a verlo, alli esta, imponente, muy cerca de nosotros, tranquilo, amable, a unos metros de nosotros caminando lentamente entre los juncos con su cornamenta de rey, perfecto sobre el cielo de la tarde, puro terciopelo.Esa noche compartimos el whisky que Nadav trajo y que cuida con recelo, contamos chistes (buenos chistes), hablamos de la caminata de ese dia y de la de manana, descansamos nuestros pies palidos de muerto mientras saboreamos marshmallows del mismo color.


El segundo día de excursión son un poco más de diez millas. La primera parte se camina por un desfiladero desde donde se ve todo Feltmann Lake. Es un día azul de cielo despejado y temperatura perfecta. En el punto más alto del acantilado hay una esquina donde para sorpresa de todos hay señal de teléfono, todos llamamos a nuestras novias y esposas mientras que Meyer, impaciente, revisa los resultados de los Marlins. El paisaje es distinto al del primer día, grupos de pinos inmensos se alternan con secciones del camino de pequeños arbustos y vegetación de pradera, de grama y tierra marrones camino es agotador. Cada tanto nos detenemos a descansar, nos echamos en los "plop pads", como llamamos a los recodos al borde del camino donde caemos agotados como mulas de carga, nos paramos a tomar agua, hacemos pequeñas siestas, revisamos el GPS para ver cuánto falta. No importan los mosquitos, no importan los ejércitos de babosas que se nos montan encima, seguimos poco a poco con mucha perseverancia. El paisaje va cambiando a medida que nos acercamos a la bahía de Siskiwit; al bajar del acantilado nos encontramos rodeados de helechos y al poco rato de bosques jóvenes de fresnos y álamos. La luz se derrama entre las ramas, miles de tonalidades de verde entretejido de blanco, huele a sombra. Caminamos analfabetos en el bosque entre árboles y plantas cuyos nombres desconocemos (aunque podemos reconocer de lejos, con solo ver las luces, el modelo de casi cualquier carro), caminamos deslumbrados por el espectáculo de colores, con la mirada del forastero, del extraviado; asombrados -en ambos sentidos- bajo tantas ramas y hojas. Finalmente, luego de muchas paradas y con muy poca agua, vemos en la distancia, entre los matorrales, el reflejo del sol en el azul profundo de Lake Superior. Dejamos caer las mochilas y saltamos al agua fría (poco importan las sanguijuelas), sacamos el filtro y bebemos como caballos sedientos hasta saciarnos, chapuzón de dioses. Nos acostamos sobre las rocas calientes de la orilla de cara al cielo con los ojos cerrados, un spa al final de un largo día, "pure bliss" al lado de mis sobrinos, el tiempo se detiene, estamos seguros que es el mejor - tal vez el único- trecho de playa del planeta.


La tiandad es mágica.Mucho se ha escrito sobre la paternidad pero muy poco, que yo sepa, sobre la tiandad.Tanto así que, curiosamente, no hay palabra para nombrarla.El tío no es papa, no debe serlo, no aspira a serlo, no quiere serlo.El tio -suerte de actor de reparto en el elenco familiar- puede mimar, aleccionar, besar, reganar, hacer cosquillas, ayudar a hacer tareas escolares y jugar beisbol pero también puede no hacerlo, puede pasar desapercibido.Ser tío, sobre todo a los 15 anos como lo fui yo, permite vivir los goces de la paternidad sin ansiedad, sin responsabilidades, no hay ninguna obligación de los tios -que yo recuerde- en todo el Código Civil.Un sobrino es un hijo que no se porta mal, que no hace berrinche, que aprende a hablar de un dia para otro, que tiene de repente los gestos de mi hermano, de mi hermana, de mis cuñados ("obvio" diría Nadav), un bebecito que te hace tio y a tus padres abuelos, que crece y se hace hombre (o mujer) mas rápido de lo normal, que se gradúa y se casa sin pedirte permiso, que te hace tío-abuelo cuando todavía estás cambiando pañales a tus hijos, que te hace sonreir cuando te llaman a saludar o a pedir un consejo, que te besan en público aunque sean grandes y barbudos.Los sobrinos conocen las intimidades de la familia, los códigos secretos, el acento y las historias del abuelo, saben quién fue Carmen y la quieren, sienten nuestras ausencias -aún las de quienes no conocieron-, saben por qué nos gusta el whisky y el béisbol, la arepa y el pepino encurtido, escuchan atentos las anécdotas de nuestra infancia, nos dan la oportunidad de hacernos héroes, de exagerar los cuentos, de ser -es nuestro turno ahora- los autores de su prehistoria.Me encanta ver a mis sobrinos siendo hermanos, siendo primos de mis hijos, me encanta escuchar sus voces al teléfono, abrir la puerta de la casa y verlos entrar y abrazarlos, me encanta escucharlos, echarles broma, ver el entusiasmo con el que se hacen adultos sin dejar de ser niños.Los veo con cariño, con ganas de que el tiempo pase lento, alli estan los tres lanzando piedras al agua a ver quien logra rebotarlas mas veces, entretenidos, tan Grunberg -cada uno a su manera-, tan nosotros, tan ellos.


Esa noche, la última antes de volver a Windigo, cocinamos toda la comida de astronauta que nos quedaba: Strogonoff deshidratado, pollo deshidratado, curry deshidratado, helado deshidratado. Todo sabe a gloria, la "salsita de hambre" -como decía la abuela de mis amigos Salas- hace que todo sepa de maravilla. El atardecer es hermoso, nos tomamos los selfies de rigor durante el "golden hour" y a dormir. Arie, que ya ha aceptado la idea de que su ropa no estará limpia, duerme como un angelito conmigo y Meyer en la carpa. Su papa y Nadav, a la manera de los más recios llaneros, afuera en sus hamacas.


El ultimo dia de caminata comienza por la arena de la playa bordeando el lago, cruzamos un río por un puente de madera y nos internamos en la maleza. Otros excursionistas nos confirman que podemos comer las frambuesas que crecen al borde del camino y nosotros, cual venados, no paramos de pararnos a comerlas, casi que las sacamos con la boca directo de los arbustos. Llevábamos días viéndolas con ganas pero no nos atrevemos a tocarlas. Son deliciosas, exquisitas y -además- nos queda poca comida. Al borde del sendero encontramos algunos restos de las antiguas minas de cobre, un pozo profundo, escombros de casas, montañas de piedras, restos del fracaso de esa fiebre del cobre que quedó en un quebranto. Vamos por una subida que nos llevará al famoso Greenstone Trail, la ruta que va por el lomo de la isla, por la espina dorsal que va de un extremo a otro y que nos llevará a Windigo (con suerte antes de que cierre la tienda). Así es, nuestro objetivo del día es hacer las 12 millas lo suficientemente rápido como para llegar a comprar comida en la pequeña bodega de Windigo que cierra a las seis en punto, debemos apurarnos. Arie y yo nos separamos con la misión de asegurar que al menos dos de nosotros llegaremos a tiempo, nos despedimos como si fuera la expedición de Shackleton, nos decimos adiós a la sombra de unos pinos a medio camino, nos repartimos la poca comida que queda, nos deseamos suerte, el Windigo Express sale veloz al rescate del grupo. Arie y yo vamos a buen paso haciendo apenas algunas paradas para comer frambuesas salvajes y tomar agua. Luego de una subida fuerte la pendiente es hacia abajo, un manto de árboles nos cubre del sol. Vamos contentos pero cansados, sucios, olorosos, hambrientos. La sensación al llegar al final siempre es maravillosa, "we made it", hacemos un high five, escogemos el lugar del campamento (justo se nos atravesó una ardilla gritona) y nos vamos corriendo a la tienda a tomar leche achocolatada fria, vino blanco, sandwich de huevo, M&M y cerveza. Adiós al gu de vainilla, a los tuna flambe de Meyer y al beef jerky, atras quedaron los días de mal comer. Una hora despues, mas o menos, mucho más rápido de lo que pensabamos, llegan Henry, Meyer y Nadav tambaleándose, deseosos de unirse a nuestro picnic gourmet.

Duelen las piernas, duele la espalda, vamos todos al muelle y nos lanzamos al agua fría, es hora del ultimo "champuzon" del viaje. Esa noche, la última, escuchamos una charla que da una guardabosque sobre mosquitos, cuervos y murciélagos, comemos las últimas provisiones y nos preparamos para dormir. El cielo está estrellado y la luna esta hermosa, estamos -por unas horas mas- lejos de todo. Tomas vendrá puntual a buscarnos en la mañana con su hidroplano blanco, muy pronto estaremos de vuelta en casa, lavaremos la ropa, descansaremos los pies, veremos las fotos y nos parecerá mentira que aun existe un lugar como Isle Royale, que estuvimos alli, que ya pasó. Yo, que ya extraño a mis sobrinos y que me gusta viajar, he marcado la fecha de mi próximo viaje de tio. Acabo de contarles que ya no falta tanto para nuestra próxima aventura, que pueden comenzar a empacar para nuestro viaje a New Foundland el verano que viene.



 
 
 

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Señor Grumberto

Soy adicto al chocolate, los viajes y reir sin parar. Adoro a mi cubana y nuestros hijos, a Camila mi primogénita, fiel amigo, amigo de mi hermano. Soy glotón y devoro páginas. Vivo cada día como el primero de mi vida!

 

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